Es una sensación muy fea, no la recomiendo.
Goce menos diez o faltan diez minutos para las doce, y entonces van a crecerme las plantas a tono, escribo en el suelo, en diez minutos me va a creer más fácil. Venía también hasta la foto y esto del tiempo. Suelo escribir estos sueños, pero este balazo en la cabeza no es un sueño, y de ser así no soy yo su dueño. Así que anoto, antes de que, como siempre, siempre, olvide las palabras encajonadas en la anéc-toda. Burlándome de mi significado viajo solo en colectivo, una-nada como un duelo conmigo mismo, mi parada se acerca, como el sol da vueltas a la tierra (salió el sol o se fue el sol), escucho algo de otro, me pongo de pie, me golpeo la cabeza y entonces me duele que esto no es un sueño, faltando un minuto. Me vendo y anuncio mi parada, me gustaba bajarme en movimiento, calculo mi salto al asfalto, y pasado un minuto redundo como sonso llegando a la acera. En fin, el asfalto se mueve (¿a dónde se va el sol cuando se va?) y yo, grave error, comienzo a coherementar las cosas y a inventar lo que ya existe, como las palabras. Maldita sea ¿con qué pie salto? ¿Con qué pie suelo bajar? No recuerdo, maldita sea, no recuerdo, maldigo mi memoria, maldigo la religión, maldigo la propiedad privada, maldigo el amor occidental, maldigo los límites, maldigo el olfato por ser memorioso y recordarme un perfume de vainilla cuando necesito recordar con qué puto pie bajar. Si bajo con el que no es, no va a ser mi salto, voy a ser otro, puta vida, recuerdo la ojiva nuclear en mi sopa, esperar a que el mesero se gire, sin llamarlo, el mesero coquetea con la cajera, se besan, se acuestan en la cama de ella, ella se va a la India y el fuma, pero no recuerdo con qué pie bajar, recuerdo pasar todo el día follando a contraluz bajo una tormenta de tinta, de hecho, ese era el acuerdo.
Anoten el pie que usan, repito, porque me angustia, que es una sensación muy fea, no la recomiendo.
…y no le demos al final tanta importancia.