domingo, diciembre 08, 2013

Perra.

- Dale, como quieras, prende la luz.

Ella gatea se mece a su manera en la cama, para no pararse. Alarga su brazo blanco delgado, alcanza el switch,  la prende y  rápidamente, de un salto que se ve a contraluz por la cortina abierta del balcón,  queda junto a él, como trepada. Droga de él, enredada.

- ¿Qué te hiciste Silvia?
- Acá estoy.
- No ¿qué te hiciste en la cara? ¿En los ojos?
- Nada.
- Te pusiste lentes, tienes los ojos verdes.
- Mis ojos son verdes.

Así la vio, así era, valiosa. Él se comía a Silvia hacía un año noche de por medio, promedio. Fumaban, tiraban, fumaban y comían concentrado Silvia mía fabulosa. Y él pensaba que sus ojos eran negros, no profundos, apenas negros. Pensaba, penaba, porque nunca se los había visto, esos ojos color  muerto. La había dibujado, la olía, la lamía y le veía la panza, pero no sus ojos. Nunca había visto los ojos  capturados de Silvia. Ella no andaba por la vida con los ojos cerrados, él simplemente no los había visto, ése hábito.
Fue entonces estado de shock, no por darse cuenta de que nunca había visto los ojos de Silvia, sino por haber olvidado en ese momento, los otros ojos, los negros de la vida en la hierba de olivo y las 37 pestañas, perras todas.

Y pensaba luego en los ojos de Silvia, porque en realidad sí los había visto señor, pero siendo perro en su propio sendero. Y es que él se volvía perro de vez en cuando  y quedaba por la calle caminando educado.
Los ojos de Silvia no eran verdes porque él era perro.

- ¿Qué me miras Sil?
- ¿Qué te hiciste?
- Acá estoy.
- Ya no eres perro

Silvia lo mordió, orinó en la puerta y se fue.

Ladrando.