lunes, noviembre 24, 2014

Tres de Seis. (Viaje de Ida)

¿Será casualidad que escribo estas caudalosas líneas en rojo? ¿Será conciencia o coincidencia ? O será el cínico efecto de la adicción rubí de mi enrojamiento. La droga mejor he probado sin miedo, la droga más dura, íntima e inmediata que dejar no puedo; no hay vuelta, la droga dorada escarlata me sube y me sube, y me estira y me asciende, y me itera y me sube, y en el bien me deja. Aun si hubiere fuerza con mayor arrojo que este impulso que como un rezo me eleva, aun si  hacia abajo me tirare, tendría yo con mi droga siempre, a cada instante, un entinte rojo, una fuerza nueva; No parece terminar la droga, desde mi vuelo el fin de la tierra y de las cosas veo, pero con tu boca que eres mi droga en mi viaje de ida te creo; Soy adicto, alucino y lo seré, atrás el mar, esta droga me transforma y mi mundo todo. Será que estoy drogado y en grado de enrojo escribo, preciosa droga, épica luz taheña de mi camino; Amo este trip, dejarlo no puedo ni me importa, no hay cura ni método para el viaje detener ahora. Ni aterrizo ni en mi vuelvo, de mi cuerpo hace parte ya la droga y me procura un eterno vuelo. Atardecer elevado perpetuo, con el alma droga la veo. Subo, subo y bermejo me elevo. A semejante altitud no le temo, ni que ventea, antes estuve en fría verde tierra, pero me drogué contigo, con tu pelo y con tu boca navego el aire carmesí y a bajar no vuelvo,  te juro que no vuelvo.




martes, noviembre 18, 2014

Dos de Seis. (Tele viaje)

Arriba y ella sube y ella sabe, que la veo a lo lejos con mi máquina de espejos, sabe. Un par de miles de kilómetros hace que la veo, tal vez el doble,  desde el achacado tremol de roble. Que es mi máquina. Ella sube y sabe que la miro fijamente con finos ojos, con mis ojos cerrados y ahí la quiero, y la quiero próxima con su vigor rojo. Es así mi quimera que no imagino, que veo y que siento, huelo el rojo y pienso en abrir los ojos, comprobar el aire tibio que aprendí y hacerlo inmortal para mi aliento.


Entonces abro los ojos, y me marea un poco la luz de antes, las mentiras de luces brillantes. Levanto despacio la mirada y voy despacio levantando las cosas con la mirada, con mis espejos, primero alrededor, luego a la distancia cuando por fin la veo, primero telequinesis, luego telepatía cuando la encuentro a lo lejos. Justo ahí la transformo, la elevo, todo lo ilumina, yo soy halcón pero ella vuela y televiaje la traigo hacia mí, la abrazo, es más linda que el sueño mismo, me dice -volví- y la amo.



domingo, noviembre 09, 2014

Uno de Seis. (Primer viaje)

Alta la mar en bote. Va o es bote. Es flotar, es sol y soledad sin ruta, va y viene pero no se mueve. Flota y viento swing, esa es la trama. Mira bote al cielo y un sol y luna cualquiera y luego sol. A diario pesca o no, no se aferra, va y viene pero no se mueve. Gira sin querer, ahora pesca sin querer y luego quiere, pero sin querer, erra. Azul amarillo negro ave naranja azul gris negro naranja pez azul soleado y flota. No ve tierra ni le importa, no le tienta. Casi todo le importa nada y eso lo entretiene en el mar. No ha visto  tormentas, de lluvias a penas pequeñas, unas cincuenta.

A diario cambia el horizonte o no. Día y noche es un instante que aparece. Sal el sol y la luna luna. Gira y gira pero primera vuelta del ojo a la luna, reto de Orión, prueba oportuna. Ha ido tanto tiempo en bote que cree que es ahora bote quietud mirando la luna; es otra luna. Luna fuera del instante, astuta, luna sin tiempo, luna hermosa, salve luna y enruta. La luna lo sigue cuando él la sigue, vuelta segunda y nonagésima, primer viaje. Tendría que haber salido el sol y la sal ahora, pero este fuera de instante es luna dulce y lo entinta.


Nuevo viaje, más allá de flotar: la luna. Querer, se aferra y rema, la luna quiere ocultarse pero sin querer. No quiero volver al instante más, no quería, era yo en el bote tras más de luna. Soy pequeño, como el bote donde sólo yo quepo, en un bote de uno, en esos instantes era yo tiempo. Ahora luna te tengo en mi bote y rojo. Era para dos el bote, salpicas y me mojo. Voy a remar más vueltas y más amaré, así no te ocultas y sigues acá conmigo, esta marea tuya y tu escote es mi abrigo. No floto más, navego, mar marea y amar de noche. Nunca te ocultes que yo voy a remar siempre en este viaje de noche roja y mi primera vuelta eres tú.





martes, septiembre 09, 2014

El frío de las cosas.

Saqué un cigarrillo de entre el frío, todo blanco el cigarrillo. Y yo.  Más de treinta ¿tal vez?  Lo prendí -lo-puse-en-la-boca-salí. Salivaba, iba, venía y salía. No fumo, es sólo un ademán de jardín. Así parece que estoy en una película aguda. Que esto es una película. Ante de los nervios en la garganta, ante la encrucijada, tengo una audiencia que me ve refinado tras la pose del humo claroscuro. Ese olor me gusta a mí. El olor del claroscuro, el de las cosas que pasan no. Ahora suceden, eso es seguro, pero no pasan, ahí están las cosas. Como que me miran desde adentro y por eso salí, como si al frío no se atrevieran a salir. Debería fumarme un porro clemente, drogarme, salir un poco más y de mí. Pero no, eso sería otra cosa. Y ya hay suficientes cosas. Cierro la reja, por las dudas. No porque las dudas salgan, las dudas las tengo acá, apartadas de las cosas, dudas y cosas no quiero mezclar y ya el cigarrillo se quemó todo, era el único porque no fumo. Allá dejo las cosas, me voy, hemos matado a varios, hemos cumplido nuestra macabra palabra, nuestro plan maldito, exquisito. Por eso salivaba, el plan era delicioso, y entonces yo lo recordaba y me llenaba la boca de babas. Los habíamos matado impecablemente, perdí la cuenta de los muertos y la bebida, el checklist de nuestros aciertos, más de treinta, tal vez. Cuando empezamos, los anotábamos muerto por muerto, muertos de alegría con un whiskey, sírveme otro Luisito, que sabe bien la muerte, sin hielo, un poco nomás, es fuerte el sabor de la muerte alrededor, hielo por favor y la lista en el primer cajón. Luego quemamos la lista cobriza, de alguna forma le quitaba elegancia a nuestra masacre de largo aliento, era egoísta. Luna llena claro, clara, pero baja, ilumina a un pastor alemán cagando, el dueño listo a agarrar la caca con la mano y ponerla en la basura, no lo hace y ahora voy a matarlo sin mediar palabra y a sus hermanas. Mientras le hundo a su dueño una navaja, el perro ladra, un gruñido, dos ladridos, tres, cuatro, cinco diez puñaladas, y otra certera, se la dejo adentro, entera, y a él, tendido en el pasto, el perro lo lame, siento pena por el perro y estoy cansado, pero valió la pena el gasto, valió la decimotercera. Quisiera otro cigarrillo, hacer mi gesto de fumar mientras no fumo y acariciar al perro que sigue lamiendo a lo que era su dueño, pero el dueño levanta la mierda del piso y me ahorra el trabajo. Vuelvo a mirar las cosas desde afuera. Hoy debería ser noche de crimen, pero ninguna noche será ya sublime, no para nosotros, nosotros ahora es sólo mi rostro, a Luisito lo encontraron primero, Luisito ya está en otra lista. Que me van a encontrar, que me van a ver, que no voy a correr, pero voy a pelear,  que mi espíritu suicida va a saltar por fin antes que mi cuerpo sea prisionero. Esas, esas son las cosas que veo desde afuera, las veo porque dejé la luz encendida antes de salir con el cigarrillo y las nubes ocultaron la luz de la luna, quisiera que todo se repitiera, quisiera que todo se repitiera.  Hace mucho frío, pero yo no tiemblo, dejé de temblar desde mi segundo muerto, el ex alcalde, el cuarto de la lista, cuando había lista y muertos.  Por vez primera hay un gusto amargo en el aire, siento que me quiebro y me siento en el pasto, me siento pasto y espero al lado del cedro.


Vienen las cosas que resplandecen, no voy a correr, ahí vienen con luces, corren hacia mí, son reflejos de luces que me gritan, que muestre mis manos, que no me levante, me molesta que sepan que soy yo quien mató a todos, pero para pelear tengo que ponerme en pie, tengo una navaja, la luna sale al tiempo con mi navaja, navaja luna y yo, un tiro repentino en mi cabeza, se siente caliente, como esa vez. Entonces no veo la luna baja,  entonces no velas cosas, no veo ni peleo. El perro chilla en off, más hielo, salud, misericordia. 

viernes, enero 17, 2014

Nintendo

Uno

Nos están mostrando esta casa para comprarla, creo, o hay una fiesta, no sé bien. Estoy a mitad de la escalera, subiendo a la segunda planta, el piso es todo alfombrado y hay unos cuadros de mal gusto.  Me recuerda la casita de Concepción, no por los cuadros, también hay un busto. Tiene barandas de madera, son blancas y huele a tabla de quesos con buenos jamones. Subo, la gente está concentrada en el estudio, hay unas diez personas y es invierno, prefiero ir a ver la habitación principal pero hay una fuerte discusión entre la que parece ser la pareja dueña de la casa, una señora medio redonda y un tipo con camiseta celeste con estampado de un casete de Nintendo no hay más habitaciones. Para evadirlos curioseo un baño, huele a shampoo y no me miro en el espejo, ahora no recuerdo si no había espejo o no quise mirarme. La pareja pasa por detrás de mí gritando no sé qué. Los sigo, pese a que son alaridos los que están dando, me parecen de algún modo divertidos estos dos personajes, hasta ahí nada que alarme.

Y dos.

 Debo detenerme en la escalera, entran rápidamente a la cocina y salen. El tipo abre la puerta con ganas de largarse, ella cierra la puerta y no lo deja salir, él me mira, subo un par de escalones de espaldas para que ninguno se dé cuenta que estoy ahí a menos que me señalen. Soy un tonto no interpreté su mirada. Ella grita

“¡Te voy a apuñalar, te voy a apuñalar!”

yo debo aguantarme la risa, me parece tremenda histérica ahí parada. De pronto escucho el sonido de un cuchillo entrando varias veces por el cuerpo, asumo, del chico. Me congela, no puedo creerlo, debe ser otra cosa, recuerdo el rasta apuñalado a pocos metros de mí esa vez y me da angustia que esté pasando algo como eso nuevamente  junto a mí, me pellizco. Hay un silencio corto, que se interrumpe cuando la gente en el estudio retoma su charla y sus risas y sus bebidas. Escucho sollozos de la redondita en la cocina, bajo un par de escalones y me asomo para ver qué quedo en la escena, las heridas. La angustia me domina, no fue un cuchillo, fueron varios, la vieja había clavado al tipo a la puerta con, creo yo, cuatro cuchillos enormes. Del estampado de Nintendo no queda nada, una mancha deforme. Subo trastabillando y casi gateando al segundo piso con unas terribles ganas de llorar. Con el aliento que no me ha abandonado y  que entrecorta mi voz les cuento a los que estás allí en el estudio lo que acaba de pasar, y que claro, habría que llamar a la policía y esperar. La gente baja corriendo, sin cautela mientras yo marco 911 en mi celular. Los gritos de desesperación de las mujeres apenas me dejan escuchar el otro lado de la línea “el número que usted ha marcado es inexistente”.


Igual nadie quería llamar a la policía, la protegen a ella, su llanto, cierran  todo, salto por una ventana, me voy en bus.