¿Será casualidad
que escribo estas caudalosas líneas en rojo? ¿Será conciencia o coincidencia ? O será el cínico efecto de la adicción rubí de mi enrojamiento. La
droga mejor he probado sin miedo, la droga más dura, íntima e inmediata que dejar no puedo; no hay vuelta, la droga dorada escarlata me sube y me sube, y
me estira y me asciende, y me itera y me sube, y en el bien me deja. Aun si hubiere
fuerza con mayor arrojo que este impulso que como un rezo me eleva, aun si hacia abajo me tirare, tendría yo con mi droga siempre, a cada instante, un entinte
rojo, una fuerza nueva; No parece terminar la droga, desde mi vuelo el fin de
la tierra y de las cosas veo, pero con tu boca que eres mi droga en mi viaje de
ida te creo; Soy adicto, alucino y lo seré, atrás el mar, esta droga me
transforma y mi mundo todo. Será que estoy drogado y en grado de enrojo
escribo, preciosa droga, épica luz taheña de mi camino; Amo este trip, dejarlo
no puedo ni me importa, no hay cura ni método para el viaje detener
ahora. Ni aterrizo ni en mi vuelvo, de mi cuerpo hace parte ya la droga y me procura
un eterno vuelo. Atardecer elevado perpetuo, con el alma droga la veo. Subo,
subo y bermejo me elevo. A semejante altitud no le temo, ni que ventea, antes
estuve en fría verde tierra, pero me drogué contigo, con tu pelo y con tu boca
navego el aire carmesí y a bajar no vuelvo, te juro que no vuelvo.
Ferro deletrea.
lunes, noviembre 24, 2014
martes, noviembre 18, 2014
Dos de Seis. (Tele viaje)
Arriba y ella
sube y ella sabe, que la veo a lo lejos con mi máquina de espejos, sabe. Un par
de miles de kilómetros hace que la veo, tal vez el doble, desde el achacado tremol de roble. Que es mi
máquina. Ella sube y sabe que la miro fijamente con finos ojos, con mis ojos
cerrados y ahí la quiero, y la quiero próxima con su vigor rojo. Es así mi quimera
que no imagino, que veo y que siento, huelo el rojo y pienso en abrir los ojos, comprobar el aire tibio que aprendí y hacerlo inmortal para mi aliento.
Entonces abro los
ojos, y me marea un poco la luz de antes, las mentiras de luces brillantes.
Levanto despacio la mirada y voy despacio levantando las cosas con la mirada,
con mis espejos, primero alrededor, luego a la distancia cuando por fin la veo,
primero telequinesis, luego telepatía cuando la encuentro a lo lejos. Justo ahí
la transformo, la elevo, todo lo ilumina, yo soy halcón pero ella vuela y televiaje
la traigo hacia mí, la abrazo, es más linda que el sueño mismo, me dice -volví-
y la amo.
domingo, noviembre 09, 2014
Uno de Seis. (Primer viaje)
Alta la mar en
bote. Va o es bote. Es flotar, es sol y soledad sin ruta, va y viene pero no se
mueve. Flota y viento swing, esa es la trama. Mira bote al cielo y un sol y
luna cualquiera y luego sol. A diario pesca o no, no se aferra, va y viene pero
no se mueve. Gira sin querer, ahora pesca sin querer y luego quiere, pero sin
querer, erra. Azul amarillo negro ave naranja azul gris negro naranja pez azul
soleado y flota. No ve tierra ni le importa, no le tienta. Casi todo le importa
nada y eso lo entretiene en el mar. No ha visto tormentas, de lluvias a penas pequeñas, unas cincuenta.
A diario cambia
el horizonte o no. Día y noche es un instante que aparece. Sal el sol y la luna
luna. Gira y gira pero primera vuelta del ojo a la luna, reto de Orión, prueba
oportuna. Ha ido tanto tiempo en bote que cree que es ahora bote quietud
mirando la luna; es otra luna. Luna fuera del instante, astuta, luna sin
tiempo, luna hermosa, salve luna y enruta. La luna lo sigue cuando él la sigue,
vuelta segunda y nonagésima, primer viaje. Tendría que haber salido el sol y la
sal ahora, pero este fuera de instante es luna dulce y lo entinta.
Nuevo viaje, más
allá de flotar: la luna. Querer, se aferra y rema, la luna quiere ocultarse
pero sin querer. No quiero volver al instante más, no quería, era yo en el bote
tras más de luna. Soy pequeño, como el bote donde sólo yo quepo, en un bote de
uno, en esos instantes era yo tiempo. Ahora luna te tengo en mi bote y rojo. Era
para dos el bote, salpicas y me mojo. Voy a remar más vueltas y más amaré, así
no te ocultas y sigues acá conmigo, esta marea tuya y tu escote es mi abrigo. No
floto más, navego, mar marea y amar de noche. Nunca te ocultes que yo voy a
remar siempre en este viaje de noche roja y mi primera vuelta eres tú.
martes, septiembre 09, 2014
El frío de las cosas.
Saqué un cigarrillo
de entre el frío, todo blanco el cigarrillo. Y yo. Más de treinta ¿tal vez? Lo prendí -lo-puse-en-la-boca-salí. Salivaba,
iba, venía y salía. No fumo, es sólo un ademán de jardín. Así parece que estoy
en una película aguda. Que esto es una película. Ante de los nervios en la garganta,
ante la encrucijada, tengo una audiencia que me ve refinado tras la pose del
humo claroscuro. Ese olor me gusta a mí. El olor del claroscuro, el de las
cosas que pasan no. Ahora suceden, eso es seguro, pero no pasan, ahí están las
cosas. Como que me miran desde adentro y por eso salí, como si al frío no se
atrevieran a salir. Debería fumarme un porro clemente, drogarme, salir un poco
más y de mí. Pero no, eso sería otra cosa. Y ya hay suficientes cosas. Cierro
la reja, por las dudas. No porque las dudas salgan, las dudas las tengo acá,
apartadas de las cosas, dudas y cosas no quiero mezclar y ya el cigarrillo se
quemó todo, era el único porque no fumo. Allá dejo las cosas, me voy, hemos
matado a varios, hemos cumplido nuestra macabra palabra, nuestro plan maldito,
exquisito. Por eso salivaba, el plan era delicioso, y entonces yo lo recordaba
y me llenaba la boca de babas. Los habíamos matado impecablemente, perdí la
cuenta de los muertos y la bebida, el checklist
de nuestros aciertos, más de treinta, tal vez. Cuando empezamos, los anotábamos
muerto por muerto, muertos de alegría con un whiskey, sírveme otro Luisito, que
sabe bien la muerte, sin hielo, un poco nomás, es fuerte el sabor de la muerte
alrededor, hielo por favor y la lista en el primer cajón. Luego quemamos la
lista cobriza, de alguna forma le quitaba elegancia a nuestra masacre de largo
aliento, era egoísta. Luna llena claro, clara, pero baja, ilumina a un pastor
alemán cagando, el dueño listo a agarrar la caca con la mano y ponerla en la basura,
no lo hace y ahora voy a matarlo sin mediar palabra y a sus hermanas. Mientras
le hundo a su dueño una navaja, el perro ladra, un gruñido, dos ladridos, tres,
cuatro, cinco diez puñaladas, y otra certera, se la dejo adentro, entera, y a
él, tendido en el pasto, el perro lo lame, siento pena por el perro y estoy
cansado, pero valió la pena el gasto, valió la decimotercera. Quisiera otro
cigarrillo, hacer mi gesto de fumar mientras no fumo y acariciar al perro que
sigue lamiendo a lo que era su dueño, pero el dueño levanta la mierda del piso
y me ahorra el trabajo. Vuelvo a mirar las cosas desde afuera. Hoy debería ser
noche de crimen, pero ninguna noche será ya sublime, no para nosotros, nosotros
ahora es sólo mi rostro, a Luisito lo encontraron primero, Luisito ya está en
otra lista. Que me van a encontrar, que me van a ver, que no voy a correr, pero
voy a pelear, que mi espíritu suicida va
a saltar por fin antes que mi cuerpo sea prisionero. Esas, esas son las cosas
que veo desde afuera, las veo porque dejé la luz encendida antes de salir con
el cigarrillo y las nubes ocultaron la luz de la luna, quisiera que todo se
repitiera, quisiera que todo se repitiera.
Hace mucho frío, pero yo no tiemblo, dejé de temblar desde mi segundo
muerto, el ex alcalde, el cuarto de la lista, cuando había lista y muertos. Por vez primera hay un gusto amargo en el
aire, siento que me quiebro y me siento en el pasto, me siento pasto y espero
al lado del cedro.
Vienen las cosas
que resplandecen, no voy a correr, ahí vienen con luces, corren hacia mí, son
reflejos de luces que me gritan, que muestre mis manos, que no me levante, me
molesta que sepan que soy yo quien mató a todos, pero para pelear tengo que
ponerme en pie, tengo una navaja, la luna sale al tiempo con mi navaja, navaja
luna y yo, un tiro repentino en mi cabeza, se siente caliente, como esa vez. Entonces
no veo la luna baja, entonces no velas
cosas, no veo ni peleo. El perro chilla en off, más hielo, salud, misericordia.
viernes, enero 17, 2014
Nintendo
Uno
Nos están
mostrando esta casa para comprarla, creo, o hay una fiesta, no sé bien. Estoy a
mitad de la escalera, subiendo a la segunda planta, el piso es todo alfombrado
y hay unos cuadros de mal gusto. Me
recuerda la casita de Concepción, no por los cuadros, también hay un busto.
Tiene barandas de madera, son blancas y huele a tabla de quesos con buenos
jamones. Subo, la gente está concentrada en el estudio, hay unas diez personas
y es invierno, prefiero ir a ver la habitación principal pero hay una fuerte
discusión entre la que parece ser la pareja dueña de la casa, una señora medio
redonda y un tipo con camiseta celeste con estampado de un casete de Nintendo no
hay más habitaciones. Para evadirlos curioseo un baño, huele a shampoo y no me
miro en el espejo, ahora no recuerdo si no había espejo o no quise mirarme. La
pareja pasa por detrás de mí gritando no sé qué. Los sigo, pese a que son
alaridos los que están dando, me parecen de algún modo divertidos estos dos
personajes, hasta ahí nada que alarme.
Y dos.
Debo detenerme en la escalera, entran
rápidamente a la cocina y salen. El tipo abre la puerta con ganas de largarse,
ella cierra la puerta y no lo deja salir, él me mira, subo un par de escalones
de espaldas para que ninguno se dé cuenta que estoy ahí a menos que me señalen.
Soy un tonto no interpreté su mirada. Ella grita
“¡Te voy a
apuñalar, te voy a apuñalar!”
yo debo aguantarme
la risa, me parece tremenda histérica ahí parada. De pronto escucho el sonido
de un cuchillo entrando varias veces por el cuerpo, asumo, del chico. Me
congela, no puedo creerlo, debe ser otra cosa, recuerdo el rasta apuñalado a
pocos metros de mí esa vez y me da angustia que esté pasando algo como eso nuevamente
junto a mí, me pellizco. Hay un silencio
corto, que se interrumpe cuando la gente en el estudio retoma su charla y sus
risas y sus bebidas. Escucho sollozos de la redondita en la cocina, bajo un par
de escalones y me asomo para ver qué quedo en la escena, las heridas. La
angustia me domina, no fue un cuchillo, fueron varios, la vieja había clavado
al tipo a la puerta con, creo yo, cuatro cuchillos enormes. Del estampado de
Nintendo no queda nada, una mancha deforme. Subo trastabillando y casi gateando
al segundo piso con unas terribles ganas de llorar. Con el aliento que no me ha
abandonado y que entrecorta mi voz les
cuento a los que estás allí en el estudio lo que acaba de pasar, y que claro,
habría que llamar a la policía y esperar. La gente baja corriendo, sin cautela
mientras yo marco 911 en mi celular. Los gritos de desesperación de las mujeres
apenas me dejan escuchar el otro lado de la línea “el número que usted ha
marcado es inexistente”.
Igual nadie
quería llamar a la policía, la protegen a ella, su llanto, cierran todo, salto por una ventana, me voy en bus.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


