- Amor, ¿estás despierta? tus primos siguen dejando mensajes y recados con carboncillo en la puerta del cuarto, hay que decirles que dejen de hacerlo. ¿no?. Por cierto, llamaron del banco. -
Y me volví a dormir, con el sonido del tren que pasa muy cerca de nuestro edificio, todo el día y toda la noche, volví del baño, mientras orinaba pasó un tren y los cepillos de dientes chocaban contra el frasquito de vidrio, y entre sí, temblando desesperados. No me había fijado cuan cerca vivíamos del tren, sentí una sensación de pánico que me hizo despertar.
- Amor ¿estás despierta? nuestra ventana está muy cerca de la línea del tren -
Miré hacia la ventana y había un viejo arrugado con un abrigo azul desteñido mirando hacia nuestra ventana. Pensé que todo el mundo nos veía desde el tren, veían todo lo que hacíamos en el cuarto. Las cosas malas y las peores. Nos cruzamos las miradas con el viejo, me sentí desnudo, vulnerable. Su tren empezó a rodar. El nuestro también.
- ¿Qué hacemos en este tren? Amor, ¿estás despierta? ¿cómo llegamos a este tren? -
- Duérmete - Me dijo.
- ¿En qué momento llegamos? -
- A las dos. - Me dijo.
- Pero esta línea no nos sirve, esta es la K. -
- ¡Tú me dijiste que esta era la línea! - Despertó del todo.
- Hay que cambiarnos de línea.
Llegamos en el tren de la línea Q. Era un festival de rock en un colegio abandonado. Todo estaba bien, un par de buenas bandas. Pero la gente empezó a drogarse. Exageraron con la droga, ácidos tal vez. Se volvieron hacia nosotros, que no nos habíamos drogado, como zombies, atacándonos, y así con todos los que no se habían drogado como nosotros. Todos los que no estábamos drogados corrimos hacia un salón y cerramos la puerta con seguro. Había un aviso escrito con carboncillo en el tablero.
"Hay droga en el escritorio".
miércoles, diciembre 12, 2012
lunes, octubre 29, 2012
Amargo sabor de boca
Si, de nuevo la araña tomando posesión del cielo blanco que era el techo de mis aposentos. Pero con patas de agua -burlonas- que caminan sobre las sobras de mi pecho, lo mojan, me mojan hasta el techo. El techo está húmedo también y aun nublado me calma y me aclara los pensamientos que tengo bajo el pasamontañas. La araña más bien hace el ademán de caminar, porque no se mueve, sigue en el mismo punto, riéndose locamente con sus patas, hablándome, diciéndome que es fácil. Yo también sigo en el mismo punto, no puedo moverme, no puedo verme, tal vez ya estoy verde y lleno de arrepentimientos. Estoy tirado y ahora mojado, semidifunto.
La araña insiste desatinada, pese a que hay ya mucha sangre debajo de mi espalda, insiste en que es fácil y comienza a darme instrucciones, como dictándome una receta, quito mi mirada del hacha, la veo a ella y por primera vez nos cruzamos las miradas. Pero ella me mira con las patas, cruzar su mirada es un largo camino hasta el techo. Aprovecha para decirme que no es necesaria una rima asonante, que sólo hacen falta un par de verdades, que sean probables. No he almorzado.
Habla calmada, y sigue con la lista. Que elija algo, lo que quiera, no muy al azar, pero que se pueda contar. Contable quiero decir, pero no con un número común, no una docena. - Un número lindo, diferente - Me dice - ¿Catorce? - Le pregunto. - Dieciséis - Me responde con una melodía solemne, con sus patas. Luego lista un color, un aroma y un sabor. Se me hace tan obvio que creo que no me está colaborando, está haciendo tiempo mientras me desangro, para comerse mis restos tal vez. Ni siquiera tengo con qué anotar, qué imbécil, yo sé que no me voy a acordar. Me está distrayendo hasta ahogarme en mi hemorragia, en mi palidez.
La veo ya borrosa y para darle un poco la razón, debo decir que en vez de ocho patas, le veo dieciséis, y tengo un amargo sabor de boca. Para terminar... -me dice ya con forma de aguamala- ... no se olvide de lo automático, de lo no preparado ni de que la tristeza se inhala y la tristeza se exhala.
La araña insiste desatinada, pese a que hay ya mucha sangre debajo de mi espalda, insiste en que es fácil y comienza a darme instrucciones, como dictándome una receta, quito mi mirada del hacha, la veo a ella y por primera vez nos cruzamos las miradas. Pero ella me mira con las patas, cruzar su mirada es un largo camino hasta el techo. Aprovecha para decirme que no es necesaria una rima asonante, que sólo hacen falta un par de verdades, que sean probables. No he almorzado.
Habla calmada, y sigue con la lista. Que elija algo, lo que quiera, no muy al azar, pero que se pueda contar. Contable quiero decir, pero no con un número común, no una docena. - Un número lindo, diferente - Me dice - ¿Catorce? - Le pregunto. - Dieciséis - Me responde con una melodía solemne, con sus patas. Luego lista un color, un aroma y un sabor. Se me hace tan obvio que creo que no me está colaborando, está haciendo tiempo mientras me desangro, para comerse mis restos tal vez. Ni siquiera tengo con qué anotar, qué imbécil, yo sé que no me voy a acordar. Me está distrayendo hasta ahogarme en mi hemorragia, en mi palidez.
La veo ya borrosa y para darle un poco la razón, debo decir que en vez de ocho patas, le veo dieciséis, y tengo un amargo sabor de boca. Para terminar... -me dice ya con forma de aguamala- ... no se olvide de lo automático, de lo no preparado ni de que la tristeza se inhala y la tristeza se exhala.
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