miércoles, enero 30, 2008

Como el amor en pepitas como.

Voy por la calle, medio dormida, y pasa una niña, que la vistieron como si fuera una muñeca, tiene rizos de película, y lleva la ternura en los ojos, que son más grandes que el oso que lleva en la mano ¿entienden?.

Preciso se acaban las pilas de mi discman, y como tengo puesto los audífonos grandes, todo parece que estuviera en silencio, justo cuando ella pasa junto a mí. Está agarrada de la mano de la mamá que camina como si nada, entonces, a la niña le toca caminar dos veces más rápido de lo que lo hace siempre, eso la hace ver más tierna, como si fuera un dibujo animado, da traspiés, por sus zapatos nuevos, parecía que se iba a caer en cualquier momento.

Y se ríe, algo vio, que yo no veo por mirarla a ella, pero ella se ríe y mi mundo, ahí, se paraliza, mi mundo es una sonrisa, la risa si la oigo, porque me la imagino y así cierro el círculo perfecto. Estoy en una bolita transparente, divina, mitad realidad, y mitad fantasía mía. La hice yo, claro, pero no la hubiera podido hacer si ella no hubiera pasado a mi lado, ella no lo sabe, yo estoy enamorada de ese día.

Dios, ¿es un ángel?, pienso, claro, yo le devuelvo la sonrisa y ella lo siente, me saluda con la mano y el oso se zarandea de un lado a otro, ¡la chiquita alumbra! dudo si es una niña o un ángel, nuca he visto un ángel, no se si tengan alas, probablemente sea esta la primera vez que vea un ángel.

Aunque alguna vez había sentido casi lo mismo con otro niño, ese morocho de piel brillante que vendía carritos de cuerda. Estoy ahí, las dos nos estamos sonriendo, las dos estamos enamoradas de la suerte. Aparte de la sonrisa también la saludo con un movimiento de manos hermoso, despacito, y ella vuelve a reírse. La chiquita y su madre están esperando a que el semáforo cambie para pasar. Yo voy tarde a clase de apreciación del arte, voy con el cd en la mano recién quemado con la exposición que tengo ese día ¡ja!, lo grabé en una papelería porque el quemador de mi computador se dañó anoche.

Entre la maleta tengo una caja de uvas chéveres que compré en el bus, hacía rato tenía ganas de uvas chéveres, ¡cómo me gustan las uvas chéveres! Se la quiero dar a la niña, y sé por qué se la quiero dar, a los niños les encanta el chocolate, pienso, éste ángel en forma de niña debe adorar el chocolate, y no me importa entregárselo todo, no sólo un uva chévere... toda la caja estoy dispuesta a entregarle. Y se me ocurre la frase más hermosa para entregarle una caja de uvas chéveres a una niña chiquita, sospechosa de ser ángel. Ella igual hace que cualquier frase sea linda por si misma.
Cambio mi curso, me devuelvo, no me importa si llego más tarde, pero no quiero perderme ese pedazo de amor.

Mas ellas no estaban esperando el cambio de luz, estaban esperando al padre, que las recoge rapidísimo en el auto y se van, a toda velocidad por la séptima. A mi lado, un bus ejecutivo lanza un pito despiadado.... encojo tal cual, hombros y ojos. Recuerdo que hace quince minutos debía estar exponiendo, giro y me devuelvo muy rápido y me pego contra la silla de un paradero, en la rodilla, por eso, se me caen todas las uvas chéveres a un charco.

Debería estar dando gritos de dolor, porque soy escandalosa, pero me siento en el banquito, miro hacia la esquina donde estaba la niña y no sé cuánto más voy a durar ahí.

Me quedo ahí sentada, porque no se si me la inventé, pero era tan real, que tengo la duda.

Y no digo una palabra, el amor es así.

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