- Dale, como
quieras, prende la luz.
Ella gatea se
mece a su manera en la cama, para no pararse. Alarga su brazo blanco delgado,
alcanza el switch, la prende y rápidamente, de un salto que se ve a
contraluz por la cortina abierta del balcón,
queda junto a él, como trepada. Droga de él, enredada.
- ¿Qué te hiciste
Silvia?
- Acá estoy.
- No ¿qué te
hiciste en la cara? ¿En los ojos?
- Nada.
- Te pusiste
lentes, tienes los ojos verdes.
- Mis ojos son
verdes.
Así la vio, así
era, valiosa. Él se comía a Silvia hacía un año noche de por medio, promedio.
Fumaban, tiraban, fumaban y comían concentrado Silvia mía fabulosa. Y él
pensaba que sus ojos eran negros, no profundos, apenas negros. Pensaba, penaba,
porque nunca se los había visto, esos ojos color muerto. La había dibujado, la olía, la lamía
y le veía la panza, pero no sus ojos. Nunca había visto los ojos capturados de Silvia. Ella no andaba por la
vida con los ojos cerrados, él simplemente no los había visto, ése hábito.
Fue entonces estado
de shock, no por darse cuenta de que nunca había visto los ojos de Silvia, sino
por haber olvidado en ese momento, los otros ojos, los negros de la vida en la
hierba de olivo y las 37 pestañas, perras todas.
Y pensaba luego
en los ojos de Silvia, porque en realidad sí los había visto señor, pero siendo
perro en su propio sendero. Y es que él se volvía perro de vez en cuando y quedaba por la calle caminando educado.
Los ojos de
Silvia no eran verdes porque él era perro.
- ¿Qué me miras
Sil?
- ¿Qué te
hiciste?
- Acá estoy.
- Ya no eres
perro
Silvia lo mordió,
orinó en la puerta y se fue.
Ladrando.
1 comentario:
me hizo/hace reir pensar en la mordida y la meada
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