¡Qué belleza! Que las veo bajar auroras, por su cabeza de atardecer en soledad, como en procesión, cada una vehemente como la otra, y así, hasta su boca. Y desde ahí quizás, vendrán a mis dedos, vendrán también a la boca mía, y sin ensamblarlas, las despediré albas en espirales, como siempre, como balas que son. De infinitos sueños de la edad del sol, tal vez, embalsamados en la mente de un preso psicópata, pero libres ellas de culpa. Presas de ira que escapan bengalas hacia el cielo desierto que contaba, decidido las atrapo en el aire y yo, repleto de pecado, las lleno de culpa. Que blasfemen en mi nombre, y que al instante enamoren, que no digan nada, que me hablen al oído. Qué belleza desvelada, esta de aventarlas en orden, para que no digan nada, que caigan, se desvanezcan y descansen, o tropiecen, o se repitan, o se repitan de pie en una sartén. Y yo también.
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