Arriba y ella
sube y ella sabe, que la veo a lo lejos con mi máquina de espejos, sabe. Un par
de miles de kilómetros hace que la veo, tal vez el doble, desde el achacado tremol de roble. Que es mi
máquina. Ella sube y sabe que la miro fijamente con finos ojos, con mis ojos
cerrados y ahí la quiero, y la quiero próxima con su vigor rojo. Es así mi quimera
que no imagino, que veo y que siento, huelo el rojo y pienso en abrir los ojos, comprobar el aire tibio que aprendí y hacerlo inmortal para mi aliento.
Entonces abro los
ojos, y me marea un poco la luz de antes, las mentiras de luces brillantes.
Levanto despacio la mirada y voy despacio levantando las cosas con la mirada,
con mis espejos, primero alrededor, luego a la distancia cuando por fin la veo,
primero telequinesis, luego telepatía cuando la encuentro a lo lejos. Justo ahí
la transformo, la elevo, todo lo ilumina, yo soy halcón pero ella vuela y televiaje
la traigo hacia mí, la abrazo, es más linda que el sueño mismo, me dice -volví-
y la amo.

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